
No vi el Londres del té a las cinco, ni de bombines de fieltro. Ni siquiera de portada de guía turística. Ha sido un Londres que no se explica en inglés, sino con imágenes: un pórtico de un colegio con niños uniformados, el desorbitado mercado de Camden y sus vendedores de la mafia calabresa, locos estilos coloridos. Londres es una arteria, roja, siempre caótica.

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